Túnel para un final
El día que me fui era domingo.
El cielo estaba vestido de azul celeste y lo acompañaban
pequeñas nubes que parecían algodones esparcidos sobre nuestras cabezas. El
sol, tímido, se escondía y reaparecía con frecuencia, parecía que también se
estaba despidiendo.
En la ventana vi el verde de las montañas atravesar mis ojos
con rapidez, y el pavimento se convirtió en una mancha borrosa color gris.
Dentro del carro estábamos todos cantando, y de cuando en cuando volteábamos a
mirarnos sólo para asegurarnos de que seguíamos juntos.
-¡Sostengan la respiración!- Dijo mi padre con una sonrisa.
Era nuestro juego; recuerdo esperar con ansías en cada viaje
la entrada de un túnel para ver las mejillas infladas de toda mi familia
mientras competíamos a ver quien aguantaba más tiempo sin respirar.
Yo solté una carcajada que rebotó en los vidrios y el techo
del carro, hizo eco en las puertas y se quedó flotando en al aire. Después
inflé mis mejillas y regresé a ver a mi hermana, quien sonreía a medias
mientras observaba el asiento delantero.
Cuando atravesamos el túnel la oscuridad se apoderó del
auto. Durante un breve segundo cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que
nunca llegase la luz.
Frente a mis ojos
vislumbré las próximas horas: la llegada al aereopuerto, los chistes nerviosos
de mi padre, el sonido de la rueda de las maletas, las fotografías, el
antipático e insulso “boarding pass”, el olor a cigarro de mi tío cuando lo
abracé por última vez, y finalmente esa mirada resquebrajada a través de la
cínica e impertinente puerta de vidrio.
Apreté los puños hasta sentir como se clavaban mis uñas en
la carne, mientras recorría los próximos años de mi vida, y recibí con una
sonrisa a las imágenes que bailaron frente a mí en la oscuridad.
Imaginé que estaríamos todos juntos. Vi con
absoluta claridad a mi madre volteando los ojos cuando le dijese por enésima
vez que tenía mucho frío, vi a mi padre regañándome por tomar jugo directo de
la botella, lo vi caminando a mi lado mientras descubríamos nuevos cielos azul
celeste y nuevas nubes que quizá ya no tuvieran forma de algodón. Imaginé que
quizá fuésemos todos de vacaciones y volveríamos pronto (me dijeron que así era
más fácil), imaginé que quizá todo era un sueño, que regresaríamos en un par de
semanas y que entonces todo estaría igual. Que quizá volvería : que quizá
volveríamos todos. Que nos sentaríamos en una terraza cualquiera, que una
guacamaya pasaría volando sobre nuestras cabezas, que yo apartaría con fastidio
a los mosquitos del atardecer, que ya no lloraríamos todo el tiempo y que ya no
nos perseguirían los aviones ni los nuevos horizontes. Que quizá todo fuese
mentira y sólo por esta vez yo me habría
equivocado de sueño.
Los kilómetros que
nos separarían me atravesaron uno a uno el pecho, y entonces, justo cuando
pensé que el túnel era eterno, una luz blanca atravesó mis párpados y la voz de
mi padre retumbó en los asientos: ¡Llegamos!


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