Carta a un guardia






Sé que puedes verme.

A veces no te deja la ceguera que te impusieron; puedo notar que el odio y el resentimiento son los verdaderos escudos tras los cuales te escondes. A veces no te dejan verme, pero mi terquedad me dice que de a poco lo logramos. Me dice que quizá pasan por tu mente ráfagas de lucidez que te alumbran, y que puedes entender, aunque sólo sea por un instante, que estás del lado incorrecto.

Quiero creer que de pronto, en la noche, piensas en nosotros.  Que te preguntas los nombres de tus asesinados; que piensas en sus madres, en sus hermanos. Quizá recuerdas nuestras caras, y te preguntas si el seguir una orden vale la pena el tormento.

Quiero creer que ves a tus hijos y tus convicciones tambalean por un segundo, que te preguntas que será de su futuro, que te preguntas si quizá ellos están con nosotros. Y es que si te soy sincera, quiero creer que piensas en nosotros, que les dices a tus compañeros que no todos somos malos, que les ruegas que no insistan en perpetuar esta tortura incesante de quitarnos la paz.

Si yo pudiera acercarme a ti, si pudiera derribar todas esas barreras que llevan el peso de la historia, si detrás de todo tu armamento y tu parafernalia de terror pudiera por un instante mirarte, me bastaría un segundo para decirte que aún creo en ti. Porque sé que en ti se esconde humanidad, y aunque me llamen cobarde yo aún creo que podemos recuperarte, creo en tu capacidad de entender que esta lucha es mucho más tuya que nuestra.


A mí que no tengo más armas que la esperanza que me empapa en cuerpo y alma. A mí, que aun cuando quiero destrozar todo a mi paso le pido paz al violento y clemencia al injusto. A mí, que no tengo más que estás palabras, que soy solo otra cara, que soy también tu hermana, y tu hija, que nací también en esta tierra y que ya no me queda más nada que las ganas de luchar. ¡Escúchame si es que aún no te arrancan los oídos! ¡Sí es que aún te queda cordura! Escúchame porque es solo contigo que se libra esta batalla. Despójate de todo ese armamento que te hace el alma pesada, suelta los escudos de la tiranía y únete a mí, acompáñame en la búsqueda de la verdad.

Te espero.

Espero a que algún día entiendas. A que de pronto te asalte la certeza de que es contigo que comienza esta requisa por la libertad. Espero a que te nos unas, a que batalles hombro  a hombro con los hijos de este despotismo que te arrancó hasta la empatía. Espero a que entiendas que cuando nos asesinas desangras a tu patria. Que es como si le hurgaras la carne y profundizaras cada una de sus heridas; espero a que entiendas que cuando nos matas también te estás matando.

Recuerda.

Quiero que recuerdes. Que repitas en tu cabeza una y otra vez la avalancha que caminaba hacia ti. Las manos levantadas, las consignas, los días consecutivos e interminables de sol inclemente y poca comida. De asfixia, de violencia, de rencor, de muerte. Recuerda ese clamor, el frenesí de la lucha, recuerda los gritos, cómo lograste dispersar en un segundo a un pueblo decidido a vencer.

Recuerda el día siguiente, cuando volvimos. Y el siguiente después de ese. ´

¡Recuerda que no nos cansamos! Que no hay armas que puedan derrotarnos porque somos como la marea, somos millones, pero también somos uno solo. Que no importa cuánto intentes cuajar este clamor de desespero, volveremos día tras día.

Yo también puedo verte.

Marina Simonet Hernández Jurado.


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