Carta a los caídos

De antemano te digo que esto no es una despedida, no se puede despedir a quien no se conoce, y yo no te conozco, ¡pero cómo me dueles!
Y es que no te conozco pero te lloro. No te conozco pero veo tu rostro, el tuyo y el de tus hermanos, cada vez que cierro los ojos para secarme el sudor de la sien. Yo no te conocí pero vi tu cuerpo un día entre las estadísticas de los que perecieron, te vi en el titular del periódico y también en boca de unos cuantos que te olvidaban a la vez que pronunciaban tu nombre.
Tú, a quien de pronto y sin aviso le arrancaron la vida de un tajo.  Hoy yo te escribo a ti, te escribo porque me encuentro dando tumbos entre mis compañeros, intentando rescatar el pedacito de conciencia que no nos quitan todavía. Te escribo porque me estremezco de indignación ante tu pérdida, te escribo porque me niego a olvidarte.
Te escribo a ti, a la carajita que no llegaba ni a los 20, a la que le arrebataron el aliento con una bala que llevaba nuestros nombres.  Te escribo a ti, el de 21, el que vio por primera vez a la muerte en los ojos de un guardia.
No te conozco pero te llevo en mi pecho, y me niego a despedirme porque estás en mi voz cada vez que grito pidiendo libertad. No te despido porque recordarte no es suficiente. Es necesario lucharte.
Tú, hermano, tú eres la lucha. Eres más que su costo, que su saldo, que su inevitable consecuencia. Eres la sustancia misma de esta batalla, eres el rostro detrás de la consigna.
Esto no es una despedida sino una promesa. Te prometo que seguiré empuñando mi verbo como espada de guerra. Te prometo que no dejaré que tu vida pase en vano, que besaré la tierra en la que ahora yaces cuando sea libre; cuando seamos libres. Te prometo que descansarás en una cuna de justicia, en un nicho de verdad.
No me despido de ti porque te llevo cerquita. Porque te haré justicia en cada paso de esta batalla, porque ni tu vida ni tu muerte pasarán en vano mientras nosotros, los tuyos, aún tengamos el brío de defender lo que es nuestro. ¡Porque tendrán que arrancarme la garganta para impedirme gritar en tu nombre! ¡Tendrán que arrancarme los dedos para impedirme escribirte!
No te despido porque no te fuiste. Mientras persista la libertad y quien se atreva a buscarla, esta requisa estará empapada de tus ganas incontenibles de vivir, del río sin cauce que fue la lucha que te atreviste a emprender. Porque “sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla cada día” (Goethe), por eso te prometo rendirle pleitesía  a la vida que dedicaste a intentar seguir viviendo.


Comentarios

Entradas populares