El éxodo

Foto: Génesis Dávila
Al mosaico de Maiquetía le faltaban piezas.
Su suelo estaba roto,desgastado de tantas pisadas. En la pantalla se observaban los distintos vuelos, reduciendo las despedidas a la simpleza de un: boarding time.
Se observaban grupos de personas acurrucados en diferentes lugares, había en el aire un "adiós" ímplicito y taciturno que colmaba el ambiente.
Había llegado el momento.
A una maleta negra se redujeron 20 años de vida y lucha, un pecho empapado de nacionalismo y unas cuantas heridas de batalla.
Había llegado la hora.
Me saludaba por fin aquel mosaico, tanto lo había reproducido en mi mente que se me hacía familiar.
A un boleto de avión se redujeron todos mis sueños, eran tan ligeros que me cabían en la mano, eran tan étereos que volaban.
Y entonces mis raíces quedaron colgando, mi identidad balanceándose en un pedazo de tierra que se veía calma y armoniosa desde las alturas. Y entonces yo misma quedé como en un vaivén;
suspendida en el cielo, y sentí como se desprendía una parte de mí y se aferraba profundo en la llanura, y recorría las raíces de todos los árboles, y se empapaba del agua del Orinoco y del manantial del Ávila, y se arrullaba en una tonada llanera y sabía a sal y tierra, a selva y montaña; a azul celeste y verde esmeralda.
Y me sentí como un pájaro rajando el cielo cuando dividí mi alma en dos y quedé para siempre suspendida entre las nubes, lancé mis versos al aire para que cayeran en mi tierra, y mi lengua y mis labios juraron para siempre adueñarse de la palabra para convertirla en tricolor. Y me llevé una estirpe de grandes, cien años de historia, mil corazones rotos y la esquina de la ventana rota de mi habitación.
Y me llevé mis recuerdos -todos ellos- me los metí en el pecho y los acaricié con ternura.
Y dije el adiós que tanto había anhelado pronunciar, y al pronunciarlo  se me descompuso el cuerpo, y se alojó en su nicho un dolor recurrente justo al lado de la dicha de haberlo logrado.
Y de pronto me encontré en mi cama empapada de sudor, despierta de nuevo. Con un amanecer anaranjado penetrando mis cortinas y un olor a café que colmaba todo el cuarto, y no pude evitar sonreír cuando escuché de nuevo el canto de un pájaro en mi oído y aún con los ojos cerrados recibí a los rayos del sol que dieron gritos en mi espalda.
Me puse los zapatos y salí de nuevo a la lucha, grité todas las consignas y sostuve todas las pancartas. Pero al llegar a casa me esperaba el mosaico entre las sábanas, sin prisa alguna, con la calma de saber que lo encontraría, con la certeza de saber que mis sueños estaban hechos de semillas y no de raíces, con los brazos abiertos hasta que lo quisiera el tiempo.
Y al ver la esquina rota de mi ventana entró en mi habitación un pedacito de cielo que me aseguró que me esperaba el mundo, me tomé el pulso y corrió en mi sangre caliente el fervor de las fronteras.Y descubrí que ya no habían horizontes, me pertenecieron de pronto todos los confines.
Y saludé una vez más a Maiquetía, sostuve sus manos con un "pronto" entre los labios. Y mientras tanto luché por recolectar sus piezas, para no verla tan rota, para que no nos faltara tanto.

Marina Simonet Hernández Jurado.

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