Credo de los soñadores


Sé reconocerlos, los distingo desde lejos.
Tienen la mirada perdida y una sonrisa intermitente que los acompaña día y noche. Andan por la calle mirando el blanco perla de las nubes en vez de las grietas del pavimento.
Cuando veo a uno, le sonrío, le ofrezco la mano y le invito un café. Me gusta sentarme con ellos, que me embadurnen de sus ideas alocadas; me gusta dejarles la puerta abierta y ver como poco a poco se va colando en mi corazón su esperanza terca e impertinente.
Para que te cuenten sus anhelos hay un secreto: tienes que dejarlos entrar. No hay que forzar las palabras, más bien hay que lograr que ellas mismas salgan como mariposas volando de las bocas, hay que cederles el asiento y cantarles una tonada, y así poco a poco van extendiendo sus alas y se van revoloteando a tu alrededor.
Da igual en lo que piensen, yo estoy enamorada de todos. Hay los que planean acabar con el mundo a punta de versos, están los que se valen de una brocha como lanza contra las injusticias, están los que soñaron entre humo y escombros; y los que en cambio sueñan detrás de las fronteras y los folios del pasaporte.
Da igual de donde vengan y hacia donde vayan, con bandera o sin ella. A mí no me importa qué libro tengan entre las manos siempre y cuando se iluminen sus ojos cuando me reciten palabras de salvación, la verdad es que por estos tiempos me conformo con dejarme elevar hasta que juntos toquemos el cielo con la punta de los dedos.
Creo en todos, y en cada uno. Creo en los que se fueron por estar soñando, en los que ahora sueñan desde arriba. Creo incluso en los que no creen en sí mismos. Creo quizá porque no me queda más remedio, porque yo misma me veo reflejada en sus respiraciones erráticas y en sus pulsos acelerados.
Por ellos, los soñadores, yo daría unas cuantas vidas. Por ellos de quienes hablan los lúcidos entre sus candados y sus nubes de opio, por ellos que construyendo una telaraña de añoranza han logrado elevarse sobre los que caminan tan campantes con los pies en la tierra.
¡Brindo por ellos! Los que este año se desgarraron las vestiduras esperando un no sé qué y un no sé cómo. Los que agarraron dos maletas y dijeron adiós mientras se quitaron la ropa y se lanzaron desnudos al mar de las incertidumbres.
Por todos ellos, por todos nosotros. Los que ya se fueron y los que aún siguen, por ese algo latente y palpitante que confío (¿y quizá este soñando?) alguna vez logre reconstruir las ruinas sobre las que deliramos.
Porque valen la pena. Vale la pena el riesgo de llevar al miedo en la mano y no en los pies, vale la pena la nebulosa sempiterna que los rodea, vale la pena beberse sus ilusiones hasta acabar borracho de vida. Vale la pena azotar a la desidia y amarrar a la desesperanza, pisotear al olvido y acostarse con la perseverancia.
Porque para dejarlos entrar hay que abrir puertas y ventanas (no vendrán si no es a casa abierta). Para que se queden hay que concederles un rayito de luz y unas gotas de agua con las que regar sus deseos. Para que se queden hay que volar con ellos; hay que escuchar al propio retumbar del pecho, hay que  soltarse la coleta, abrir un par de alas y rajar el cielo cual gavilán hasta asirse a la rama del empeño.
Porque si no he de brindar por ellos, ¿por quién entonces? Porque si no he de confiar en ellos, ¿en quién entonces? Y si no es para ellos, ¿para quién entonces?
¡Llámenme ilusa! Pero yo creo en los soñadores.

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