Un día cualquiera
Me despertó el rayo de luz que atravesaba mi ventana,
entonces acaricié mis sábanas calientes y abrí los ojos poco a poco.
Otro día, uno más entre tantos.
Con el pecho un poco oprimido me vestí frente al espejo, y
me titubeó el pulso al abrir la puerta de la calle cuando por enésima vez me
pregunté si estaba haciendo lo correcto.
La misma incertidumbre de los días pasados me saludó
inclinando la cabeza. Me puse en la fila con una cara de resignación
indiferente, para que no se notara el horizonte de lágrimas que se me dibujaba
en la mirada. Se oían las mismas conversaciones, se seguían las mismas
instrucciones, se atravesaban las mismas puertas. Finalmente me encontré de
nuevo en frente a la pantalla que me presentaba dos opciones y titilaba con un
sarcástico resplandor blanco.
-Ni modo…- Pensé.
Y apreté el botón al que tanto trabajo me costó llegar. Deposité la papeleta en
la caja de cartón, y muy en silencio (para que no se me notara lo ingenuo),
susurré un “por favor” que surgió desde el fondo de mi garganta, en donde
anidaba desde hace años una desesperación que ya me desbordaba el pecho.
Al regresar, caminé despacito y besé otra vez al cielo añil.
La verdad es que no tenía más remedio. Tenía la mano acalambrada, me había
quedado sin versos, sin esperanzas y sin respuestas. No tenía nada más que un
amor insano y malévolo que me invadía el cuerpo, y me hacía suspirar cada que
vislumbraba la montaña.
-Por favor, por favor,
por favor…- Volví a ser una niña lanzando al aire plegarias absurdas. Cerré
los ojos bien fuerte y apretando los puños quise con toda mi alma que aquella
papeleta tuviese algún sentido.
Claro que era insensato. Claro que era irracional. Claro que
era ingenuo. Lo cierto es que la ingenuidad de tener esperanzas era de las
pocas cosas que me quedaban.
Pasó el día y la tarde y las horas muertas que se colaban a
través de mi ventana. Cuando llegó la noche, pasó de nuevo. Aquel zarpazo de angustia
como una bala entre la garganta, aquella capacidad de asombro que creí perdida,
la mirada que se me perdió en el vacío y el “por
favor” de la mañana que se burlaba haciendo eco en mi cabeza.
Dormí, soñé, derramé unas cuantas lágrimas y desperté de
nuevo.
Entonces amaneció de nuevo y comenzó otro día. El día después.
Un día más. Uno más, otra vez.
Ahí estaba el sol, para mi sorpresa. Pensé que se iría
corriendo entre la turbación y el desespero. Me vestí otra vez y abrí de nuevo
la puerta.
Afuera, me tropecé de bruces con la calma.
Miré todos los rostros y atravesé todas las calles como
buscando a quién gritase, como procurando en las aceras la desesperación que
llevaba en el pulso. Me encontré con una tranquilidad dormilona, y con una
zozobra apaciguada y taciturna.
El sopor de la ciudad acabó por atraparme en un embrujo de
apatía y me encontré caminando las calles, mientras olvidaba las preguntas de
mis respuestas, dejando en cada cruce el fulgor de mi pecho encendido. Encontré
vacío y abismo, y descubrí varios laureles en los que dormían las voces de
mando.
La ciudad acechaba y corría. Jugaba a las escondidas y se
ceñía a una paz de azúcar y almíbar que le servía como disfraz. Había
contradicciones escritas en las paredes y frases dichas al aire que no tenían
ningún sentido; los transeúntes buscaban desesperados respuestas en las suelas
de sus zapatos y se daban golpes frenéticos contra el concreto en sus narices.
El día se hizo confuso y ambiguo, se hizo atemporal y atravesó el cielo raso con un quejido de anhelo. No sabía en qué año estaba ni
a dónde iba, se me olvidó la diatriba del momento. No supe decir con claridad cuál
era la sonrisa de turno que buscaba venderme alternativas que no llegaban
nunca; cuál era la solución de moda, el trending topic de las pancartas, la
buena nueva que no aterrizaba nunca.
A través de mis ojos cruzaron entonces, aviones a vuelo
fugaz. El mundo se me hizo muy grande y muy chiquito. Se llenó de horizontes
inexplorados, pero de pronto se quedó en penumbras con una sola luz que titilaba
indicando en dónde se quedaba mi corazón.
Me preguntaron cien veces y cien respondí que no tenía
respuesta. Y entonces, el día se convirtió en noche y ésta se me hizo escueta y malévola, me hundió en un sueño que giraba en espiral y me mantenía atada de bruces a
un árbol –creo recordar que susurraba delirante una palabra prohibida que
sonaba a libertad-.
Los días con sus minutos me aplastaban al ritmo del compás
de un cuatro; cambiaron las pancartas de sitio y las canciones de letra. A cada
segundo se olvidaba el segundo anterior; me dijeron que esa era la regla.
Se planteaban las mismas soluciones de nuevo y de nuevo otra
vez; parecía que nos había acechado la peste del insomnio que cayó sobre
Macondo en las letras de García Márquez. Hasta nos veíamos en la necesidad de
renombrar lo nombrado, porque se nos olvidó cómo nombrarlo.
La historia dejó de repetirse y se volvió una espiral, se
hizo y se deshizo; nos atrapó a todos en ese lugar mágico y adictivo del “quizá
mañana”. Y para más contradicción, descubrí que los días y las noches me hacían
el amor con desespero, descubrí que los amaba incluso más a medida que se
volvían confusos e inexplicables.
Sigo sin tener respuesta y no creo tenerla pronto. El amor y
los días ya no me caben en el alma y en su terquedad decidieron convertirse en
letras.
Hoy sigue siendo un día cualquiera.


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