¿Sigues conmigo?
Se secó la sangre sobre el pavimento.
La borró la lluvia de las tardes y el sol de las mañanas.
Pasaron los días, y con los días mi mano derecha se quedo rígida y tiesa. Se me acalambraron los tendones y de pronto descubrí que ya no salían palabras de mis dedos.
Pasaron días y más días. Entre neblina confusa de recuerdos, entre el vaivén del pasado y el futuro. Se me empañaron los ojos y de pronto no pude ver más allá de mis narices.
Me encontraba entumecida, con la cabeza palpitante y sin las letras que otrora me amparaban. Me encontraba caminando y viviendo, sonriendo y llorando, sin saber a donde iba y sin saber de donde vine.
A mi alrededor quedaba muy poco. Se habían acabado los gritos que me inspiraban y la esperanza que se deslizaba en forma de sudor bajo el sol ardiente. El clamor que había surgido quedaba ahora como un eco en mi cabeza. La página estaba en blanco, y en blanco estaban mis ojos y mi cabeza, mi alma y el cielo que veía a través de la ventana.
Quise correr y me fallaron las piernas. Quise acostarme y me detuvo una voz en mi cabeza rogándome que me moviera. Quise salvarme y me lo impidieron los fantasmas sobre cuyo sepulcro había llorado tantas veces.
Me ofrecieron de consuelo papelitos azules y blancos. Me ofrecieron por bálsamo unas urnas de carton, me cambiaron palabras de aliento y lucha por discursos azucarados y excusas gastadas.
Moribunda y sedienta de vida acaricié el teclado. Derramé unas lágrimas de añoranza por aquellos días en los que me recorría el cuerpo una lucha vibrante en forma de pueblo bravo. Derramé unas cuantas lágrimas por mis páginas que exudaban vida, verdad y valentía. Le pedí al papel que se quedase a mi lado mientras yo descubría cómo comenzar de nuevo, mientras yo buscaba formas de revivir lo que había muerto, mientras yo buscaba paletas y pinceles para devolverle al cielo el azul celeste, y a la montaña el verde esmeralda.
Lloré hasta que logré ver de nuevo. Lloré por todos los días y por todos los escritos, por las ilusiones rotas y por aquellas veces que creí que, de una vez por todas, había llegado el final. Sacudí mis hombros con sollozos hasta que logré despertar a mis manos. Y finalmente comencé de nuevo.
Saludé a mi hoja como si nunca la hubiese conocido. Como si fuese de nuevo aquella que le temía a las palabras y que se sentía muy diminuta como para enfrentarse al verbo. Saludé a la hoja y con ella a una bandera.
Saludé a la hoja y también de nuevo a la terca esperanza. De mis manos salieron versos choretos y cojos: pero míos.Los arrastré conmigo a donde iba y me estrujé los sesos hasta darles vida.
Escribí otra vez sobre aquella lucha. Escribí otra vez sobre aquella pena ineludible que nos acechaba el alma y que tenía nombre, apellido y locación. Vestí de nuevo a la hoja de líneas negras y quise recordar que aún no habíamos acabado.
Esta vez no me importaron las críticas tan esperadas, ni los comentarios de aliento. Esta vez no sentí un salto en el corazón al mostrar lo que con tanto esfuerzo había hecho. Había pasado tanto que ya solo quedábamos mi página y yo, mi lucha y yo, mi patria y yo. Y esta vez no supe a dónde conducirme ni supe pronosticar los días venideros, esta vez me quite la máscara de sabihonda y no quise pretender que podía entender lo inentendible. Los libros de historia con los que antaño quise explicarlo todo quedaron en el fondo de mi armario, porque esta vez no había nada más allá de un par de manos que luchaban y un par de pies para continuar andando.
No supe responder a las preguntas de crítica política. Ya no tenía palabras mordaces ni opiniones bien formadas. Parecía como si los meses de neblina asfixiante me hubiesen quitado el criterio férreo e inalterable que solía tener: ahora era más voluntad que teorías democráticas.
Quisiera decir que conozco el camino, y que aún después de tantas decepciones conozco las pautas para sacarnos de este túnel que a veces parece una cueva. Quisiera decir que tengo respuestas en la mano, en los labios y sobre todo en los libros, pero ya no me quedan las respuestas elocuentes ni las miradas perspicasez de sabiduría de biblioteca.
No sé nada y no tengo nada más allá de mi voluntad. A ti que me lees te digo que decidí que mi voluntad y la tuya son suficientes. Que estos meses nos han confundido y destrozado, pero también nos han fortalecido. Que ahora nuestra voluntad no posee límites, ni barreras porque aún sabemos que fue con ella que enfrentamos los horrores de la calle. Quisiera tenerte una respuesta pero mis palabras ya no son palabras sino latidos, y ya no soy sabia ni valiente sino tan sólo perseverante.
Quizá solo ahora puedo comprender que la sangre del pavimento continuará secha y marchita, que ya no habrán voces que rugirán para inspirarme, porque ya no habrá consuelo en la pancarta ni esperanza en la acera de enfrente. Pues ahora la esperanza no es un regalo sino un deber que pesa sobre mis hombros y mis manos, pues ahora la lucha no es una ilusión sino una tarea. Ahora debo ser que yo quien rescate de a poco lo que se me fue perdiendo con el paso de los días,ahora es mi turno de encontrar rumbo entre lo inexorable y de devolverle el pulso a mis venas.
Yo sigo aquí aún con el Ávila reflejada en cada lágrima y con la bandera justo entre las costillas, yo sigo aquí: aún respiro, aún siento, aún amo, aún espero y aún tengo la certeza de ver la luz al final de este túnel. ¿Sigues conmigo?
Marina Simonet Hernandez Jurado
La borró la lluvia de las tardes y el sol de las mañanas.
Pasaron los días, y con los días mi mano derecha se quedo rígida y tiesa. Se me acalambraron los tendones y de pronto descubrí que ya no salían palabras de mis dedos.
Pasaron días y más días. Entre neblina confusa de recuerdos, entre el vaivén del pasado y el futuro. Se me empañaron los ojos y de pronto no pude ver más allá de mis narices.
Me encontraba entumecida, con la cabeza palpitante y sin las letras que otrora me amparaban. Me encontraba caminando y viviendo, sonriendo y llorando, sin saber a donde iba y sin saber de donde vine.
A mi alrededor quedaba muy poco. Se habían acabado los gritos que me inspiraban y la esperanza que se deslizaba en forma de sudor bajo el sol ardiente. El clamor que había surgido quedaba ahora como un eco en mi cabeza. La página estaba en blanco, y en blanco estaban mis ojos y mi cabeza, mi alma y el cielo que veía a través de la ventana.
Quise correr y me fallaron las piernas. Quise acostarme y me detuvo una voz en mi cabeza rogándome que me moviera. Quise salvarme y me lo impidieron los fantasmas sobre cuyo sepulcro había llorado tantas veces.
Me ofrecieron de consuelo papelitos azules y blancos. Me ofrecieron por bálsamo unas urnas de carton, me cambiaron palabras de aliento y lucha por discursos azucarados y excusas gastadas.
Moribunda y sedienta de vida acaricié el teclado. Derramé unas lágrimas de añoranza por aquellos días en los que me recorría el cuerpo una lucha vibrante en forma de pueblo bravo. Derramé unas cuantas lágrimas por mis páginas que exudaban vida, verdad y valentía. Le pedí al papel que se quedase a mi lado mientras yo descubría cómo comenzar de nuevo, mientras yo buscaba formas de revivir lo que había muerto, mientras yo buscaba paletas y pinceles para devolverle al cielo el azul celeste, y a la montaña el verde esmeralda.
Lloré hasta que logré ver de nuevo. Lloré por todos los días y por todos los escritos, por las ilusiones rotas y por aquellas veces que creí que, de una vez por todas, había llegado el final. Sacudí mis hombros con sollozos hasta que logré despertar a mis manos. Y finalmente comencé de nuevo.
Saludé a mi hoja como si nunca la hubiese conocido. Como si fuese de nuevo aquella que le temía a las palabras y que se sentía muy diminuta como para enfrentarse al verbo. Saludé a la hoja y con ella a una bandera.
Saludé a la hoja y también de nuevo a la terca esperanza. De mis manos salieron versos choretos y cojos: pero míos.Los arrastré conmigo a donde iba y me estrujé los sesos hasta darles vida.
Escribí otra vez sobre aquella lucha. Escribí otra vez sobre aquella pena ineludible que nos acechaba el alma y que tenía nombre, apellido y locación. Vestí de nuevo a la hoja de líneas negras y quise recordar que aún no habíamos acabado.
Esta vez no me importaron las críticas tan esperadas, ni los comentarios de aliento. Esta vez no sentí un salto en el corazón al mostrar lo que con tanto esfuerzo había hecho. Había pasado tanto que ya solo quedábamos mi página y yo, mi lucha y yo, mi patria y yo. Y esta vez no supe a dónde conducirme ni supe pronosticar los días venideros, esta vez me quite la máscara de sabihonda y no quise pretender que podía entender lo inentendible. Los libros de historia con los que antaño quise explicarlo todo quedaron en el fondo de mi armario, porque esta vez no había nada más allá de un par de manos que luchaban y un par de pies para continuar andando.
No supe responder a las preguntas de crítica política. Ya no tenía palabras mordaces ni opiniones bien formadas. Parecía como si los meses de neblina asfixiante me hubiesen quitado el criterio férreo e inalterable que solía tener: ahora era más voluntad que teorías democráticas.
Quisiera decir que conozco el camino, y que aún después de tantas decepciones conozco las pautas para sacarnos de este túnel que a veces parece una cueva. Quisiera decir que tengo respuestas en la mano, en los labios y sobre todo en los libros, pero ya no me quedan las respuestas elocuentes ni las miradas perspicasez de sabiduría de biblioteca.
No sé nada y no tengo nada más allá de mi voluntad. A ti que me lees te digo que decidí que mi voluntad y la tuya son suficientes. Que estos meses nos han confundido y destrozado, pero también nos han fortalecido. Que ahora nuestra voluntad no posee límites, ni barreras porque aún sabemos que fue con ella que enfrentamos los horrores de la calle. Quisiera tenerte una respuesta pero mis palabras ya no son palabras sino latidos, y ya no soy sabia ni valiente sino tan sólo perseverante.
Quizá solo ahora puedo comprender que la sangre del pavimento continuará secha y marchita, que ya no habrán voces que rugirán para inspirarme, porque ya no habrá consuelo en la pancarta ni esperanza en la acera de enfrente. Pues ahora la esperanza no es un regalo sino un deber que pesa sobre mis hombros y mis manos, pues ahora la lucha no es una ilusión sino una tarea. Ahora debo ser que yo quien rescate de a poco lo que se me fue perdiendo con el paso de los días,ahora es mi turno de encontrar rumbo entre lo inexorable y de devolverle el pulso a mis venas.
Yo sigo aquí aún con el Ávila reflejada en cada lágrima y con la bandera justo entre las costillas, yo sigo aquí: aún respiro, aún siento, aún amo, aún espero y aún tengo la certeza de ver la luz al final de este túnel. ¿Sigues conmigo?
Marina Simonet Hernandez Jurado


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