Mi falda rosada

Oda al feminismo

La llevé desde muy niña. Su bonito color salmón brillaba bajo el reflejo del sol. Ondulaba con el viento y rozaba lentamente mis rodillas. Poco a poco se convirtió en una parte de mí.
Salí a pasear con ella y recorrí todas las calles y aceras, atravesé avenidas, casas y edificios. Me acompañó en mi travesía y juntas tomamos al mundo de la mano.
Un día me la vieron puesta y quisieron arrebatármela. Dijeron que me hacia débil. Dijeron que su color salmón me hacía indefensa y poco preparada, dijeron que las faldas estaban hechas para la casa.
Cuando se hizo de noche un par de manos me tomaron por la cintura y me acercaron a la oscuridad. Cortaron mi falda con un par de tijeras hasta que mostraba todos mis muslos; la deslizaron lentamente hacia arriba y con un susurro me dijeron que las faldas estaban hechas para levantarse.
Sin previo aviso decidí una mañana aduerñarme de ella, y la pinté de rojo carmín. Su tono escarlata contrastaba con el lunar negro de mi muslo derecho. Poco a poco fui acostumbrandome a los detellos que soltaba con el vaivén de mis caderas; antecedía a las bocas entreabiertas y a las miradas de reproche. La falda roja me quitó esa mañana a la madre protectora, a la amiga bien comportada, al amante de pecho inflado y a la suegra de sonrisa recatada. Me dejó sola con mi lunar y mi valentía, no tenía nada más allá de mi rimmel corrido por las lágrimas, mis tobillos quebradizos y mis manos en puños de pura voluntad.
No soportaron el sonido de mis zapatos contra el concreto.
No soportaron verme. Ni a mí ni a mi paso firme y seguro, ni a mí ni a mis valores, ni a mí ni a mis principios.
Mil veces quisieron encerrarme y cambiar mi falda por un vestido de almidón. Mil veces me aconsejaron prudencia y cordura, y rasguñaron mis piernas porque se hallaban al descubierto.
De pronto me dio por recordar a la falda rosada que llegaba a las rodillas; me invadió la nostalgia y me dieron ganas de volver a las calles de algodón que acunaban mi andar. Pero entonces recordé las tijeras y el par de manos, y supe con total certeza que era mejor darme el gusto de llevar el rojo en la boca y en las piernas. De llevarlo adentro y afuera.
La falda fue a veces adorno para endulzar miradas. Fue traje de guerra y armadura las veces que necesité luchar. Fue la fortaleza y la debilidad; la rebeldía y la complacencia; los prejuicios y el valor de desarmarlos. Fue mis cabellos ondulados y mi piel morena, fue mi mirada taciturna y mi sonrisa de niña, fueron las manos de mis madres y mis hermanas que corrieron a mi lado. Fue la osadía de tomar la falda y convertirla en algo más que el símbolo de la niña perdida.
Mi falda fue muy mía pero también muy suya, di un trozo a toda aquella que vi con el aire de tristeza propio de sentirse encerrado. Les regalé la libertad y les enseñé cómo correr hasta sentirse viva.
No pararon nunca las miradas de reproche ni los saludos hipócritas.
 A medida que pasaba el tiempo perdí más amantes, madres y amigas. Pero fui endureciendo las piernas y empecé a escuchar el sonido del mundo crujiendo bajo mi andar.
Y ni una sola vez cambié mi falda roja por un vestido de almidón, y ni una sola vez regresé a ser la niña color salmón. Y descubrí que la vida a mi paso también me regaló amantes que supieron pintarme el cielo de carmesí, y madres que en vez de cubrirme de trapos calientes me empujaron hacia la ventana y me dieron el último aliento para volar. La falda fue roja fue mi escudo y mi lanza, y me otorgó el ímpetu de imponerme ante todo aquel que no supo cómo admirarla.

Comentarios

  1. Me encanto' Marina, gracias por regalarme un poco de viento de tu falda roja carmesi'. Besos mi pioja color salmo'n

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