Un día en el TSJ
En mi vida he tenido muchas oportunidades de conocer a
personas adeptas al gobierno, de estar cerca de las cúpulas de poder y hasta de
trabajar en la administración pública. Después de mucha indecisión, finalmente asumí el reto de escribir sobre mi experiencia
acerca de este aparataje que se rodea de cortinas de humo.
Quiero narrar un día en particular en el que asistí al Tribunal
Supremo de Justicia, en el marco de la memoria y cuenta de Nicolás Maduro, con
el fin de realizar entrevistas para un trabajo de la universidad. Me acerqué a esta emblemática edificación y a
toda su parafernalia, no sin un poco de ese miedo de principiante al intentar
desempeñarme como una pichona de periodista. Si algo puedo decir es que desde
el momento en el que entre en el Tribunal, me rodeó un aura de importancia que
pocas veces había sentido en mi vida. Ingresar a esta institución distaba mucho
de parecerse a algo popular y al servicio público, para convertirse más bien en
una entrada hacia algo reservado para unas pocas personas importantes.
Luego de atravesar las numerosas puertas y explicar una y
otra vez mi objetivo a las caras taciturnas de los guardias, conseguí entrar.
El ambiente era un tanto sofocante, desbordaba esa sensación de pertenecer a
algo inmenso, lo cual resultaba un tanto intimidante para alguien que se sentía
una intrusa como yo. Sin embargo, dejé a un lado el miedo y me acerqué a los
trabajadores para realizar mis respectivas preguntas.
A pesar de tratarse de un trabajo poco exigente en cuanto a
contenido, detrás de mis preguntas bastante típicas y simples buscaba entender
verdaderamente la esencia del pensamiento chavista actual y la manera cómo se desarrollaba.
Por supuesto, recibí las respuestas que esperaba: al preguntar que auguraban
para este año de gestión gubernamental me dijeron que esperaban solo lo mejor,
seguido de lo cual repitieron una y otra vez el nombre de Hugo Chávez como si
de un mantra se tratase.
Si hay algo que pude observar fue una lealtad desmedida que
por supuesto seguía al pie de la letra todo lo que había estudiado en mis
clases universitarias acerca del totalitarismo y el positivismo: oí repetir
numerosas veces la necesidad de una “bota fuerte” para gobernar la nación, de
un hombre que le hiciera justicia el legado del ex presidente y sobre todo de
la lealtad que se le debía en honor a su gestión.
Percibí de mis entrevistados la actitud de quién se aferra a
una balsa cuando está a punto de ahogarse, o aquella de quien repite un rezo sin
cesar en momentos de pánico. En sus ojos pude ver tranquilidad cuando se
proclamaban fieles a Hugo Chávez, como si el hecho de pronunciar su nombre
significase de por si una garantía de seguridad.
En ese momento pude entender por primera vez la magnitud del
aparataje gubernamental. Es curioso el hecho de afirmar que sólo pude
entenderlo observando los engranajes pequeños de esta maquinaria; mis
entrevistados no eran los protagonistas de esta revolución que se dice
galopante, sino más bien los brazos que
la empujaban y los rostros que humildemente entregaban su voto esperando lo
mejor. En sus ojos vi lealtad pura y sobre todo mucho desconocimiento, entendí que no bastaban
mis argumentos para convencerlos de abandonar su postura, porque en su línea
discursiva se hacía notar la necesidad
de un despertar que trascendía el simple pensamiento político. Bajo su discurso, que se amparaba en la
necesidad absoluta de un estado paternalista, pude ver una ignorancia profunda
del verdadero significado de un modelo democrático y de todo lo que ello
significaba. Cuando verdaderamente me propuse indagar al respecto pude recordar
haber escuchado argumentos muy similares provenientes de amigos y mentores que
se proclamaban opositores radicales. Al final, decían lo mismo: querían
salvarse.
Quizá planteaban barcos y protagonistas distintos, pero muy
en el fondo todos esperaban a un capitán para gobernar una nave cuyo descenso
había iniciado. Ni una vez mis entrevistados (tampoco aquellos amigos y
mentores) se plantearon interrogantes más allá de quién iba a manejar el barco en
el que pretendían salvarse. Ni una vez sugirieron soluciones para arreglar
ellos mismos los orificios en los que se colaba el agua, ni una vez se
permitieron mirar más allá de un líder y de una voz de mando.
Al final, eran los mismos.
Claro que sí, diferían en realidad y pensamiento, pero en el
fondo su discurso buscaba a un culpable y a un salvador, a alguien que les
quitara de los hombros el peso de un país que se les derrumbaba encima. Ni una
vez escuché de los radicales de ambos lados una solución que permitiese una
apertura del pensamiento, que abarcara su participación y que abogase realmente
por la libertad: una libertad no solo suya sino también del enemigo, del
contrario, del otro.
Por supuesto, los que me leen y me conocen sabrán que
pretendí, pretendo y pretenderé siempre enseñar a ambos lados que el barco en
el que nos hundimos necesita mucho más marineros que tan solo un capitán; que
si algo me han dado mis 20 años de no conocer más nada y de quemarme las pestañas
leyendo sobre comandantes blancos, verdes y finalmente rojos, era el
conocimiento pleno de que el cambio no estaba en el timón sino adentro, muy
adentro, en las entrañas del barco.
Sí, todos sabemos que se necesita más un cambio de mentalidad
que un cambio de gobierno, pero ¿lo creemos realmente? Estamos dispuestos a
mirar a nuestro enemigo y aceptar que su pensamiento no sólo debe tener cabida
en nuestra sociedad futura, sino que es necesario que se le represente porque
no se puede ignorar ni sofocar a una parte de la sociedad, por más erróneos que
consideremos sus principios.
He sido llamada fascista por exponer mi pensamiento ante un
lado, he sido llamada también pacifista, ingenua y confundida por exponer mi
pensamiento ante el otro. Quizá tengan razón y sea un poco de cada cosa, pero
si algo aprendí aquel día en el que salí del TSJ un tanto mareada y
tambaleante, fue que la señora que pronunciaba con una mirada soñadora el nombre
de Chávez ante mi cámara, se parecía mucho a la que unos días más tarde
pronunciaba el nombre de Leopoldo en plena plaza Altamira con una mirada
crispada y una bandera en mano.
Marina Simonet Hernández Jurado.


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