Los muertos no hablan
Yo los vi mientras caían.
En medio de la algarabía, con los pulmones atapusados del humo que ya se había hecho costumbre. Su grito me perforaba los oídos, retumbaba en el aire y me hacía eco muy adentro del pecho. Corríamos sin saber a dónde y ya ni nos reconocíamos; no sabíamos de donde venían, nos agarrábamos de las manos y fingíamos ser valientes mientras nos traicionaban las piernas temblorosas. Ya habíamos olvidado hasta nuestros nombres.
Y entonces después del alboroto supimos que se habían ido. Nunca los conocimos, pero la noticia nos reventó los tímpanos como si hubiesen crecido a nuestro lado. En sus caras vimos a nuestros hermanos, a nuestros amigos, a nuestros padres: a nosotros mismos. En su historia reconocimos la propia, y en secreto miramos al cielo agradeciendo que esta vez áquel disparo y aquella bomba habían errado nuestros corazones.
Y pasaron los días y nos quedamos sin ellos. Lo arriesgamos todo y sus nombres tantas veces escritos se evaporaron con la lucha que tú juraste proteger.
¿Qué pasa?
¿Te horroriza que me atreva a mencionarlos? Sí, imagino que debe escandalizarte saber que nosotros no los hemos olvidado.
Resulta que para nosotros no basta escribir sus nombres sobre el pavimento. No bastan las velas hipócritas y las marchas silenciosas; los megáfonos parlanchines ni la palabrería adornada.
Resulta que un minuto de silencio no puede devolverles la voz.
Ahora que quisiste guardar bajo llave tu canto otrora patriótico, después de que te creíste dueño del tiempo y de la tierra . Después de que fuimos dejando en el camino una estela de valentía y miedo entrelazados, después de que se suspendió en el aire nuestro esfuerzo y nuestro coraje.
Ahora, que se ha acabado. ¿Puedes verlos ahora?
Sus rostros yacen bajo tierra. Los años transcurridos jugando en el patio trasero están muy abajo en el fondo, donde nadie los acompaña. Los enterramos y con ellos enterramos un poquito de nuestro presente y mucho de nuestro futuro. Juraste llorarlos hasta el cansancio y usaste esas lágrimas de pacotilla para fingir que había algo detrás del ego que motivaba tu voz de mando.
Les mentiste, nos mentiste, te mentiste.
Y ahora que ellos aguardan como congelados en el tiempo, sabemos que no podemos olvidar el último suspiro que dedicaron a la patria que se desvence de a raticos.
No te preocupes, ellos no pueden verte. No pueden juzgarte, ni reprocharte su partida. Eres libre de pisotear su memoria porque no hay consecuencias,ni venganzas en la oscuridad de su sepulcro.
No te preocupes, ellos no gritan.
Cuando te levantes en las noches con el corazón en la mano y la frente sudorosa eres libre de repetirte que fue sólo un sueño, de aplastar a la culpa con la certeza de saber que poco a poco juegas a borrar su recuerdo. Eres libre de lavarte las manos una y otra vez hasta que te convenzas de que se les quitó la sangre.
Puedes jugar a engañarnos y a engañarte con canciones de paz y bailes de júbilo. Puedes congraciarte con tu imagen de benevolencia. Puedes vestirte de blanco y repetir sus nombres hasta convencernos de que no dejaste a la batalla en su lecho de muerte.
Repítete sin cesar que estás a salvo, que ellos no hablan. Pero recuerda siempre que nosotros no hemos callado.
Marina Simonet Hernández Jurado.

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