Fecha de vencimiento

Foto: Donaldo Barros








El tic tac del reloj nos aplastaba.
En el calendario una fecha: tiempo límite.
En todos lados se hacía casi tangible como el tiempo apretaba el paso, y una neblina de pura incertidumbre nos asfixiaba y nos nublaba la visión.
De las canciones y los escritos, de las consignas y las ganas de luchar no quedó nada. De pronto nos azotó una euforia colectiva, nos convertimos una vez más en animales frenéticos que buscaban una balsa en la cual huir de la tormenta.
Se nos olvidó todo.
Nos convirtieron en fantasmas y transitábamos como corderos al matadero, con el final cerniéndose sobre nuestro pescuezo.
Los escuché a todos y cada uno diciendo que no quedaba nada, y mientras los escuchaba pude ver en sus ojos unos destellos de rabia que ya había visto antes. Vi que tenían ojos por los cuales derramaban lágrimas, garganta con la cual clamaban ayuda, manos que se aferraban a una bandera y un par de piernas que les servirían para correr cuando se acabara todo.
Y les pregunté uno a uno por qué no usaban esos ojos para ver que la voluntad no caducaba, por qué no usaban su garganta para gritar las injusticias, por qué no se servían de sus manos para alzarlas en vez de esconderlas detrás de los bolsillos, por qué no usaban sus piernas para caminar toda vez que fuese necesario, y por qué en vez de convencerme de que el final había llegado, no se daban cuenta de que el alma no caducaba.
Le preguntaba a ellos, y te pregunto a ti mientras me lees y te ríes de mi inocencia de niña esperanzada : ¿Cuánto tiempo dura tu voluntad? ¿A qué está sujeta tu determinación de seguir adelante? ¿Cuándo fue que permitiste que te dijeran a qué hora cesaban tu brío?
Ante sus caras de incertidumbre les contaba que mi corazón latía, que aún ardía mi cuerpo de indignación ante cada nueva arremetida, que aún había fuego en mi andar y valentía en mis ojos. Que no había fecha de vencimiento para el salvajismo de mi lucha, que a mí nadie me decía cuando parar.
Por el contrario, mientras el tiempo se acortaba alrededor de mi cuello como una soga sentía cada fibra de mi cuerpo fortalecerse, cada vez que me decían que el final estaba cerca en mi cuerpo retumbaba un grito de furia que me instaba a continuar.
Para mí no se acaba.
No acabará mientras haya azul sobre mis hombros y una montaña en el horizonte. No se acabará porque no hay cadenas que impidan el transitar de dos piernas resueltas a andar. No se acaba porque no hay esposas, ni fechas, ni calendarios que agiten mis sed de libertad.
Y al ver que su miraba reculaba y sus manos perdían fuerza les preguntaba: ¿Dónde está, hermano, tu valentía de más de cien días? ¿En dónde dejaste esas palabras que tan resueltamente decías? ¿Eran palabrería para convencerte de que eras un héroe librando una batalla que no existía?
Entonces los veía a todos vacilar en su empeño de dejarse vencer, los veía asirse de la fuerza que les pertenecía y caminar una vez más a mi lado para emprender el nuevo comienzo, para luchar ahora que se hizo más difícil, ahora que queda poco que perder y mucho por defender.
Los tomé de las manos y les dije que la libertad no tenía fecha de vencimiento.
Esta vez me creyeron.
Marina Simonet Hernández Jurado

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares