Escribirle a la escritura

A veces me quedo sin palabras.
Busco entre mis dientes, en las comisuras de mis labios, en la yema de mis dedos y descubro que tengo mucho por decir y muy poco con que hacerlo.
A veces yo también enmudezco.
Y entonces la vida adquiere ese talante gris y confuso que se tiene cuando no se sabe bien a dónde se va ni lo que se quiere; cuándo no se sabe lo que se siente.
Quisiera que mis dedos fueran siempre torrente de vida, que fueran siempre fuego que chorrea de mis manos, y que lo sana todo a su paso,pero a veces soy solo un manojo de sentimientos que ya no recuerda ni su nombre.
Es entonces cuando le escribo a la escritura. Porque es ella con su paciente río de letras que consigue sacarme a la fuerza unas cuantas palabras para drenar de algún modo todas estas sensaciones que se me abarrotan en los ojos y se me anidan en el hueco de la garganta.
Le debo tanto a ella que bien vale unos versos. Porque es ella quién consigue sanarme de esa forma dolorosa que solo se encuentra en cada punto y en cada coma, en la que cada línea me atraviesa el estómago y me enfrenta a un espejo que me canta las verdades que nunca quise escuchar.
No escribo, soy escrita.
Soy esclava de su necesidad caprichosa de volcarse en una página en blanco, de su deseo de bailar en el teclado y hacerrme decir lo que no quiero, hacerme leer lo que no soporto y hacerme ver a duras penas lo que necesito.
Es como una tormenta que me ahoga con cada tecla que presiono, en la que desaparece el mundo y quedan solo mis manos, en la que me arrodillo ante ellas y me hago indefensa ante el ímpetu de la palabra. Le sigue siempre una calma quejumbrosa, que retumba en la cabeza y convierte al cuerpo en ajeno, en la que palpita hasta el alma, en la que se siente la piel ajada como al terminar de hacer el amor.
Cuando ya no puedo escribir y me pesan las letras sobre los párpados, le escribo siempre a ella, le rindo pleiteisía al mismo acto y me ahorco en cada párrafo. Porque sé que solo así consigo encontrarme y encontrar todo a mi paso, porque sé que sólo así consigo callar al mundo apabullante que me grita siempre que no puedo.
Si me quedara algún remedio, huiría. Si pudiera escapar de la página en blanco evitaría a toda costa enfrentarme a las verdades, pero pesa tanto el deseo de vaciarme de versos que no me queda solución alguna que la avasallante blancura del papel. Por eso, al final, le escribo siempre a la escritura. Porque soy su eterna prisionera, porque disfruto de sus cadenas y de su yugo que resume mi vida la pantalla que titila. Por eso le dedico mi vida: porque la plabra me destruye y reconstruye cada vez que la uso, porque me quema y me hace ser cenizas cada vez que me la inyecto y convierto mi cuerpo en el trazo de una letra.
Si escribir fuera una elección puedo decir con toda certeza que no la escogería; pero desde que la escritura me hizo su sierva ya no tengo otra vida que esta que se vive a través de un papel. Y qué cobardía entonces la de no querer enfrentarme a lo que es mío y huirle despavorida a mis dedos que buscan llenarme de  placer ante una hoja.
Qué cobarde sería si no le escribiese a la escritura.
Marina Simonet Hernández

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