(Mi) Lucha
En tres pasos supe a dónde me dirigía.
Me vi envuelta en una nube blanca que no me permitía
respirar, escuché los gritos, paré durante un segundo y de sopetón lo supe.
Agarré la lucha por el pescuezo y me la llevé hasta mi casa.
Dormí con ella en el mismo lecho, le dedique unas cuantas lágrimas, la hice
gritos y la convertí en las pulsaciones de mi pecho.
Era mía. Y sólo lo entendí después de vivirla.
Yo, que siempre tuve medio cuerpo en Maiquetía comprendí de
un zarpazo que esta lucha me pertenecía. Y se volvió letras, desgasté su ímpetu
en mis labios, la inhalé como el aire y me llené de ella hasta reventarme el
pecho.
Y entonces mire a mi alrededor y descubrí a mi paso una ciudad taciturna, que se me puso bonita y
se vistió de gala cuando me regaló un amanecer que me descosió el alma y me
empapó las pupilas de verde esmeralda. Y vi a una montaña que me sonrió como si
no supiera nada, que insistía en
enamorarme con sus caricias de cielo azul celeste y su brisa balsámica del
atardecer.
Y vi nuestros
rostros. Y los de ellos.
Y vi la historia que se escondía entre las fisuras del
pavimento, y vi las instituciones que me mordían cada vez que intentaba
alcanzarlas.
Y ahí lo supe.
Que era una lucha que trascendía los megáfonos y la
necesidad de protagonismo, que se hallaba mucho más allá de un nombre y un
cargo, de un uniforme y de un disparo. Porque era una lucha que me pertenecía,
que era tan mía que llevaba mi nombre. Me adueñé de ella de tal manera que se
me hizo irreversible, me impregné de su sustancia y le arrebaté lo ajeno.
Y después entenderlo, di tres pasos y escuché mucho más
adentro y mucho menos afuera una voz que gritaba: ¡Libertad! Y entendí que ésta
también era mía.
Y me abrí paso como una guacamaya rajando el cielo, y decidí
ser libre en el país de los esclavos. Y convertí la libertad en mi aliada y al
brío en mi compañero. Y me armé de versos y me escude con papeles, y por fin lo
supe.
Supe a donde iba, supe que ya había llegado.


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