El último adiós

Adiós.

Lo he dicho tanto que la palabra se amolda a mis labios.
Ya desde niña se hablaba en mi casa de un señor que figuraba entre uniformes y cánticos escarlata que no parecían de confiar. Le dije adiós entonces a una infancia tranquila, y recibí a una que transcurrió entre la zozobra de no saber que venía después.
Le dije adiós al presente porque viví en el pasado cuando me dijeron que antes era mejor. Le dije adiós al pasado cuando me dijeron que se acabaría pronto, y por esperarlo me quedé comprando promesas de dedos morados y llantos de derrota.
Alguna que otra vez le dije adiós a cosas que recuerdo muy poco, como a una estrella de la bandera, a un canal de televisión, a un librito azul cuyo nombre olvidé, y a un caballo blanco que miraba hacia adelante.
Le dije adiós a una adolescencia de desenfreno, porque la calle me exigió cordura. Le dije adiós a mi Ávila porque le cambiaron el nombre, entonces saludé en cambio a un Macondo trasnochado que se hizo cotidianidad.
¡Cómo no! Dije adiós muchas veces en Maiquetía. Tantas que ya se ha vuelto una certeza, que ya casi espero las despedidas, que ya he aprendido a fingir que no me duelen, que he comenzado a jugar al desapego para que el mosaico del aeropuerto no me maree con su vertiginosa soledad.
Le dije adiós a una juventud de banalidad, porque tuve que crecer a los golpes al entender por fin que el pasado no me respondería, y que el futuro no me salvaría.
Un 6 de diciembre fui tan ingenua como para creer que este adiós era el último. Pero entonces poco a poco fui despidiéndome  de la cúpula del parlamento, de los supermercados abastecidos, de los almuerzos copiosos, de las farmacias surtidas.
Claro. También lo hice. También le dije adiós a aquel hermano que asesinaron.
Y al otro.
Y al otro después de ese.
Le dije adiós a la vida universitaria que me pintaron en la pantalla de mi habitación en el cuarto piso. La mía estuvo impregnada de miradas de desaprobación por querer alzar la voz en un país que vive de mordazas. La mía está llena de discusiones que sobrepasan mi edad, de sonrisas un poco frenéticas por la necesidad de alegría , de una felicidad que se sentía como algo que había que defender.
Cada día le digo adiós al miedo cuando oigo el detonar de la primera bomba, o al menos eso intento. Le digo adiós a la desesperanza cuando me acerco a la multitud con su tricolor, cuando oigo un violín tocando mi himno, cuando me reviento los pulmones cantando una vez más las consignas.
He dicho tanto adiós, que le dije adiós a la cobardía. Le dije adiós a la desidia, le dije adiós a la indiferencia, le dije adiós al conformismo infundido, y a la ignorancia impuesta.
Le dije adiós a los adioses porque ya no pienso pronunciar ningún otro. Porque yo, que me crié entre despedidas le digo: ¡basta! A esa sensación de vacío que queda después de saber que algo terminó. Porque ya lo que me queda no pueden quitármelo, y lo que me queda soy solo yo y mi determinación de seguir adelante. De recuperar una a una las lágrimas que he derramado por sentirme abandonada, asfixiada y sobrepasada.
El único adiós que me permito ahora es el adiós a los torturadores que se regocijan con nuestro llanto, a los que sin pestañear nos asesinan por tener la osadía de pensar.
Le digo adiós a lo inverosímil de vivir sin certezas, a la premura de vivirlo todo ahora por no saber cuándo se acaba, al miedo latente de no saber si hay un mañana.
Le dije adiós a todo, y ahora no le digo adiós a nada.

Marina Simonet Hernández Jurado



Comentarios

  1. Inspirador mensaje, Marina. Gracias por revivir la sensación de seguir en esta lucha y de no rendirnos. Ovaciones para tus líneas que al leer solo me llenaban de coraje mientras la piel se erizaba. Saludos y un gran abrazo.

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