Desnuda


Quién diría que el tiempo me quitaría la ropa.
Que decidiría asumir las dificultades, la lucha, la madurez, la escritura y la vida misma completamente despojada de prejuicios, de etiquetas, de expectativas, de deseos, de camuflajes, de bien comportada, de “siéntate derecha”, de “ponte bonita”.
De repente y sin previo aviso amanecí una mañana con ganas de estar desnuda. Y qué bochorno le causé a los que me observaron caminando cuando los enfrenté con el cabello encrespado hasta la cintura y el sol quemando mi piel tostada, cuando me quité las faldas rosadas y las piernas cruzadas, cuando decidí encararlos despojada de inseguridades y desnuda ante la certeza de saberme mía.
 ¡Qué osadía la mía! De haber decidido hacerle el amor a la literatura y quitarme las vestiduras ante una página en blanco, de acostarme en cuerpo y alma en el abismo de cada letra. De mostrarle mi carne a todo aquel que me leyese.
Qué poco decoro mostré cuando decidí vivir la vida sin telas que cubriesen el salvajismo de mi alma, cuando convertí al mundo en una jungla a mi paso y decidí balancearme sobre una liana gritando a todo pulmón que yo era libre. Y cuantas veces tuve que disculparme por tener la poca decencia de atreverme a ser yo misma, de no esconder nunca mis heridas, de no ahogar mis aullidos de dolor cada vez que me aquejaba una pena, cuantas veces tuve que pedir perdón por mostrar sin eufemismos la debilidad que me acecha.
Qué terquedad  la mía de vivir con ganas, de irrigar mi sangre con el frenesí incontenible de saber que me pertenezco. Y que  insolencia la que tuve al escribir sobre muerte y sangre, sobre lucha, sobre desespero y esperanza;  que afán el mío de no doblegarme nunca y bailar desnuda hasta para los que no soportaban verme.
De recatada y sencilla tuve siempre muy poco. De sonrisas azucaradas y pomposidad estruendosa casi nada. Decidí enfrentarme a la vida con una lanza hecha de versos, y responder ante los disparos con lágrimas que hicieron retroceder a mis enemigos porque no soportaron saberme humana.
Desnuda, para que todo el que quisiera verme me viese realmente, sin el pretexto de la decencia y sin la excusa de la pureza. Sin recatos, sin pudor, sin vestimenta, sin mentira, sin realidades maquilladas ni fantasías baratas pintadas de carmín.
Desnuda, con pies de plomo, con paso galopante de anarquía, con el cabello de cadenas y una risa exacerbada que nunca procuró  disimulo. Sin cobijo y sin patraña, como para atormentar a los decentes, como para sacar de quicio a los que no soportaron  la realidad de mis andares.
Desnuda
Entre mar espumeante, entre calles de aserrín, entre llanos gritones y brisas susurrantes. Entre multitudes chillonas y corazones rotos.
Entre injusticia, desidia, horror, hambre y desespero.

¡Desnuda! Porque no me quedó más remedio que vestirme de verdad.

Marina Simonet Hernández Jurado.

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