Madre, ¿sólo hay una?


Este es un día de las madres particularmente duro. En las casas de Caracas se otorgaron unos regalos a medias, con unos ojos de vergüenza por no tener pa' más.
El skype colapsó, de los hijos de todas partes del mundo intentando fingir que no son unos niños, y que no darían la vida por tener un abrazo de mamá.
Hoy no sólo recordé a mi mamá sino a todas las mamás de Venezuela. A esa señora que en una marcha me dijo que estaba orgullosa de mí a pesar de que no me conocía.
A esa viejita que me lanzó la bendición y unos buenos días bien resueltos, sin razón aparente. A esa mamá de mi amigo que sin preguntar preparó un par de arepas cuando fui de visita a su casa.
Y es que así somos, hemos perdido tanto que no nos queda más que encontrar familia en cada esquina. Lo que más duele de Venezuela es que cada día te encuentras a otra persona por la cual vale la pena llorar.
Siempre lo dicen al revés, pero cuando se tiene una madre también se tiene a todas las madres del mundo. Y cuando la tierra madre es la que perece pasa uno a ser un huérfano empedernido.
Es como un vacío que nunca se llena. Al ver a cada mamá que nos mira con ojos de esperanza, que deposita su absoluta confianza en que salvaremos al país con nuestros escudos de cartón, se siente uno un poco desamparado. Es tan duro tener el peso de la historia en los hombros, que a veces al ver a una madre provoca encerrarlas en un cajón para que nunca perezcan la realidad, para que no les duela tanto.
A veces cierro los ojos y deseo con toda la convicción de mi alma poder salvarlas a todas. Que nunca tengan que perder a un hijo, que nunca más tengan que decir: "cuídate, muchacho" con una preocupación que les corta el aire de la garganta. Que nunca más tengan que llorar sobre el mosaico de Maiquetía, que en vez de estar marchando puedan estar simplemente disfrutando de sus muchachos.
Quizá nunca nos oigan decirlo, pero a veces, nosotros tampoco sabemos a dónde vamos. Detrás de toda la parafernalia y la valentía aprendida, somos todavía unos niños desesperados por quitarle esa mirada de angustia de la cara a nuestras madres, somos todavía unos cachorros embestidos de impulsividad y juventud, pero que muchas veces luchan porque no les queda otra opción.
Quisiera poder desearles un feliz día, pero hoy no fue un día feliz. El único consuelo que puedo brindarles es la certeza de que la verdadera razón que le añade lo incansable a nuestra lucha, es ese "dios me lo bendiga" que recibimos al llegar.

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