La alegría del luto

Foto: Génesis Dávila

En colaboración con Héctor Alejandro Jurado

El luto es una sensación de desasosiego producto de perder algo.
El que pasa por un luto se siente desamparado, vacío, roto; con un dolor incontenible e inexplicable, pareciera que a veces ni cabe en el cuerpo de quién sufre el luto. Pero esto no sucede sólo cuando muere un ser querido.También se siente  a la hora de una ruptura amorosa, en la pérdida de un trabajo...En fin, en todo lo que signifique un final traumático.
El luto más común en estos días es el vacío de la patria. Se puede sentir esta pérdida por Venezuela estando dentro de ella o estando fuera. Adentro, se siente un luto palpitante. Es como si pudiera uno tomarle el pulso a la nación y sentir como desfallece ante cada arremetida. Afuera, y esto solo lo sé por referencias de quienes ya partieron, se siente uno como que se desvanece en una neblina todo lo que alguna vez se quiso. Desde afuera debe sentirse como cuando el cielo está muy nublado y te ciega su resplandor grisáceo al intentar contemplarlo. Debe sentirse así: gris y apabullante.
Pero en todo luto hay siempre alegría. Es casi un mecanismo de defensa encontrar un foco de esperanza en los momentos más duros. Para el que se queda, la alegría es saberse luchador. Al salir a cada marcha, al colocarse la gorra y preparar el agua con bicarbonato, tiene uno esa sensación espartana de quien se encamina a la guerra con la esperanza de ser parte de ese cambio anhelado. A pesar de saberse completamente indefenso, el que sale a luchar se siente empapado de una valentía que no le pertenece. Se siente parte de algo (quizá sólo parte de la destrucción), se siente feliz porque, aunque sabe que la patria convalece, aunque sabe que salvarla es cuestión de vida o muerte (más de muerte que de vida), se embriaga de ese frenesí colectivo que supone luchar y al final, se siente completo.
Desde afuera, en la neblina, la alegría del luto sabe agridulce. Pues a pesar de encontrarse en un lugar tranquilo y seguro, a pesar de gozar de una estabilidad que el nativo no conoce, esa parte del pecho que se llama patriotismo punza como una daga en el pecho del que parte. Pues para el que se va, Venezuela ya no es un país sino un sentimiento; deja de ser personas, cesa de ser territorio y pasa a ser sólo eso: sensaciones. Quizá el dolor profundo y penetrante al escuchar su nombre, quizá un escalofrío al oír el compás de un cuatro, el sonar del alma llanera o quizá un llanto silencioso ante un hermano perdido. El que se va, sobre todo recuerda. Las tradiciones familiares, el descorchar de la champaña el 31 de diciembre, una arepa recién hecha por mamá...recuerda su vida. Pues a pesar de que era una cotidianidad coartada por la terrible realidad, era una cotidianidad que le pertenecía. Creo que quien emigra deja siempre una parte de su alma en Venezuela,porque siempre es en este rincón del mundo en donde se siente verdaderamente parte de algo.
Todo venezolano, afuera o adentro, vive un luto. La alegría que se experimenta en ambos casos no es más que eso: la alegría del luto. Una alegría de alguna manera tenue y efímera, que es así como el último rayito de luz del atardecer, una alegría tan fuerte (y a la vez tan etérea) que consigue mover masas. Una alegría que es lo único que se tiene. 
La patria es del corazón de quien la quiere, y quienes nacimos y nos criamos en ella, vivimos soñamos y respiramos Venezuela, a pesar de la distancia. Simplemente es indescriptible el cariño que uno puede llegar a sentir por esta tierra. Sabemos que no es perfecta,sin embargo es el país que queremos y esperamos algún día. No importa si estamos aquí o allá, Venezuela siempre cala profundo.
Mi país dejó de ser algo coherente para convertirse en una mezcolanza de sentimientos. Venezuela es así como un amor frugal que te enciende las mejillas al experimentarlo. Es así como sentirse sólo en una multitud. Es doloroso y a la vez  tan gratificante que no hay adjetivo que lo describa, es un luto salpicado de júbilo.

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