A ti, que no te olvido
| Foto por: Génesis Dávila |
Si te dijera que a pesar de los numerosos intentos, de vez en cuando me encuentro aferrándome a algún recuerdo que tengo apretado entre los puños. ¿Qué pasa si te digo que a veces te me asomas con tu olor a café y tierra mojada? ¿Que escucho el susurro de tus matorrales? ¿Que de pronto siento una caricia y al voltear a buscarte te consigo a pedazos?
Sí, te recuerdo.
No importa cuanto han intentado que te olvide, detrás del humo y los gritos y la sangre que corre a borbotones; yo te encuentro. Es como si tuviera un pedazo de tus entrañas apretujado entre los labios, es como si te negaras a dejarme.
A veces, cuanto me siento desesperada, cierro los ojos y pienso en tus siluetas. Recorro uno por uno tus ríos, tus colores, tus araguaneyes y el canto de tus pájaros. Cierro los ojos y te hago mía: completamente mía. Nos convierto en una sola, me vuelvo tierra, arena y mar, me vuelvo bondad, me vuelvo el retumbar de la sabana en el ocaso. Solo así puedo, finalmente, recuperar el aliento y continuar la lucha contra el olvido. ¡Yo sé que no te has ido! ¿Cómo te vas a ir si te siento en cada pálpito de mi pecho? ¿Cómo te vas a ir si te encuentro tantas veces en los suspiros de mis hermanos? ¿Cómo te vas a ir con tanta gente dispuesta a recuperarte?
Ay, mi patria, a veces te me haces chiquita. A veces tengo que encogerte para que me quepas en el corazón, a veces tengo que llorarte para que no te me hagas tan grande. Si yo te jurara que mi piel morena te pertenece, que el cabello me huele a mar caribe de tanto que te anhelo, que tengo entre las pestañas virutas de esperanza para que no se me olvide mirarte.
Estoy aquí, esperándote. Aguardando el día en el que me recibas y me acunes en tu seno, en el que silbes una tonada que se me meta en el pecho y cure como un bálsamo todas mis penas. Estoy aquí, con mis heridas y mis cicatrices, con los ojos aguarapados y un par de puñaladas que llevan el nombre de tus hijos en las costillas. Aquí te espero, en pie de lucha, en mi mano derecha el pulso con el que te escribo y en la izquierda la mano entrelazada de tus hijos.
Aquí te espero , mientras te lucho. Espero a que un día me compenses tanto dolor y me devuelvas la dicha de conocerte, de saberte entera y libre: de saberte mía.

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