Y tú, ¿A quién le escribes?
Desde el mismo momento en que el
que se plantea una persona emprender el difícil oficio de escribir, surge la
inevitable pregunta: ¿para quién se escribe?
Aquel que dice escribir para sí
mismo, miente, pues tan solo el acto de dejar huella del pensamiento conlleva
el acto narcisista de desear ser leído. Como bien dijo un reconocido escritor,
el acto de ejercer este oficio implica siempre una sensación de comienzo que
embriaga los sentidos de furor y de adrenalina, una especie de miedo escénico.
Es de suponerse que el miedo escénico es la consecuencia de exponerse ante un
público, de ahí la magnitud de la pregunta que se plantea.
El que escribe toma la decisión
de exhibir su alma ante todo aquel que desee observarla, de desnudarse hasta
las entrañas solo por el placer de sentirse vulnerable y a la vez invencible.
Cuando se escribe se encuentra uno arrancándose la ropa ante el lector; eso
explica la frecuente tarea que realiza todo autor de intentar enajenarse de su
texto y leerlo por primera vez. Tarea inútil,puesto que casi siempre lo que se
escribe presenta ante el escritor un matiz de disgusto, producido por la
sorpresa de reconocerse entre unas cuantas líneas.
El deseo de escribir es inherente
también al deseo de trasgredir el tiempo, de burlarse del cosmos y escribir al
mismo tiempo para superar al pasado,
para revitalizar el presente y para prevalecer en el futuro.
La primera vez que decidí
establecer el tiempo y el público para el que escribía, entendí que era inútil
devanarme los sesos buscando la respuesta, dado que nunca pude coartar mi
escritura de tal manera que se viese avocada tan solo a uno de estos supuestos.
La mayoría de los grandes
escritores tienen presente a su público ante cada letra, parece casi como si estos
les susurrasen lo que desean leer, cuando comprendí esto entendí que yo no me
proponía ser una gran escritora, en vista de que los grandes escritores parecen
siempre aplastados detrás de uno o dos libros que al ser expulsados de su intelecto
suelen quedarle demasiado grandes al
autor.
Los escritores atemporales y que
carecen de público, en cambio, son aquellos que parecen dormitar incluso entre
el pensamiento del lector. A pesar de no conocer de memoria los diálogos de
Cien años de Soledad, puede uno identificar fácilmente a García Márquez en cada
rincón del pueblo latinoamericano. Cien años de soledad no proviene de un gran
escritor, debido a que su majestuosidad no se queda entre los aplausos detrás
de las vitrinas, sino que cobra vida en el imaginario colectivo de una manera
que hasta los que no lo han leído saben identificar su mensaje en su paso
diario por la vida.
Entonces entendí que el que
escribe no escribe nunca para un producto final. Y entendí que yo no escribía
para nadie, sino para reencontrarme con la sensación de vértigo que causa el
exponerse de tal manera que se halla uno indefenso ante su propio ser. Los
escritores que se convierten también en actores del escenario social, como
García Márquez, no pueden escribir para un tiempo ni para un público en
específico, porque lo que buscan (o más bien, lo que consiguen) es replantearse
el tiempo y el rostro del lector, es crear un tiempo que habite solo entre sus
páginas, y al contrario crear un personaje que cobre vida ante cada transeúnte
de la calle.
Yo no le escribo a nadie porque
escribir para alguien supone entregarle demasiado poder al otro, no escribo
para mí porque siento la necesidad y el deseo de ser leída. Escribo entonces
para que aquel que me lea me encuentre en él, para que me reconozca en su
propia carne y se sorprenda mirándome en su espejo. Yo no le escribo a nadie
porque tengo la osadía (y por qué no, la pedantería) de suponer escribirme a mí
misma en el cuerpo de otro.
Cuando me pregunté para quién
escribía entendí que me preguntaba también la razón detrás de cada minúsculo
acto de mi accionar. Y fue entonces cuando decidí preguntarle, incluso al que
no escribe: y tú, ¿a quién le escribes?

Comentarios
Publicar un comentario