...¡Estudiantes!
La mochila, la cédula, los jeans y las trenzas bien
amarradas.
La gota de sudor resplandeciente sobre la sien. El pecho
agitado. La camisa rota. La garganta desgarrada. Y entonces el grito:
¡Estudiantes!
La cárcel, la opresión, el funeral del futuro, la mano
derecha del guardia sobre el pescuezo.
El sórdido resonar de las botas sobre el concreto… ¡Estudiantes!
“Se lo llevaron”
“Lo mataron”
“¿Si no es ahora, cuándo?”
“¿Y entonces… hasta cuándo?”
El carbón para esbozar la historia. Los retazos de
adolescencia para escudar las balas. El mismo grito en el mismo lugar. El paso
fugaz de la vida en el roce del perdigón con la oreja izquierda. La libertad que se escurre entre los dedos.
El júbilo entre el abismo de los barrotes.
El espinazo atrofiado de cargar la nación.
El exiguo rincón de los sueños. El susurro de los
antepasados. El añil melancólico del turpial. Los arañazos de la impotencia.
“Me voy”
“Me quedo”
El frenesí del gatillo. El vaivén de los rostros blanquecinos,
la plegaria entre diente y diente.
Un par de manos levantadas,
el chillido cínico de la muerte entre la multitud… y un aullido
desahuciado: ¡Estudiantes!

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