Las caras de la Revolución

A las 5 en punto por mi casa se hace la cola para el pan. Están los de siempre: la mujer con la ropa descocida que con una mano se seca el sudor y con la otra sostiene al hijo que amamanta. La viejecita que  repite un  “hasta cuando” que cada día se hace más inaudible, el obrero que se fuma un cigarro y con exaspero le dice a la vieja “que se calle, que esto va pa´largo”, y la muchachita de ojos apagados que se resigna a esperar mientras cuenta una y otra vez los billetes que lleva en la mano.
En sus miradas, una por una, me encuentro dejos del legado rojo. Resquicios del carmín que tiñe las calles citadinas. La Revolución se me presenta de distintas maneras: a veces es la sonrisa casi animalesca del niño que consigue un pedazo de comida en la basura, a veces es el disparo que me despierta en la madrugada, a veces es el “adiós” que empapa las paredes de Maiquetía, a veces es el pánico que se me anida en el pecho cuando el hombre de la esquina decide seguirme los pasos, a veces el “cuídate, por favor” que me susurra mi abuela con desespero. 

La Revolución, camarada, está en todos lados. Te equivocas si crees que te la encuentras sólo en los ojos que te miran burlones desde lo alto, o en el agujero del pantalón de la niña asesina. También está apretujada en tu pecho, entre las costillas, en el suspiro de resignación que te impide seguir adelante. La Revolución no sólo es bonita sino también rotundamente exitosa, sonríe desde su palco cada vez que te arrebata ese pedacito de libertad que nunca creíste perder, con picardía reafirma su éxito en el grito apretujado de desespero que guardas en tu pecho. Fíjate tú, ¡Qué hasta tu llanto fue Hecho en Revolución!

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