Mi tierra y yo

Me encontraba yo entre los brazos de mi madre tierra, quien con sus aguas me besaba los pies, con su sol me regalaba cobijo, entre su arena me acunaba y me cantaba una canción con el romper del agua en las rocas.
Nos juramos amor eterno, mi tierra y yo, pues ambas esperamos el día en el que sus aguas me confundan con el mundo y me lleven en un vaivén impreciso, montada en una barca en la que guardaré los lamentos de mis hermanos, los pétalos de una orquídea, y un puñado de recuerdos para que no se me olvide de donde vengo.
Mi tierra y yo nos besamos con afán desesperado, pues estamos destinadas a amarnos desde lejos, a amarnos a partir de recuerdos... Con lágrimas en los ojos yo le juré que cuando vea sus montañas desde los cielos, como el gavilán, gritaré mi himno con el puño en el pecho, y me tatuaré la bandera en el alma. Le juré que no se me olvidará que me hizo de piel morena para que conservara el calor en el invierno, que me regaló cabellos de cadenas para que nunca deje de luchar como aquí me enseñaron.
Le brindé mi llanto que se deslizó despacito, y enterré un pedazo de mí para que perdurara por siempre casado con mi patria, porque todo el que aquí nace deja escamas de su piel y hebras de su cabello, que sirven de paleta para esta tierra multicolor. Nos amamos, ella y yo, como se ama al viento, como se ama al horizonte, con ese amor que destila añoranza y quema el pecho con fuego líquido de desespero; como se ama a lo que es ajeno.
Sonreímos con nostalgia contenida, pues yo amo su caos y ella mis contradicciones, porque fuimos madre e hija, hermanas, amigas, amantes, compañeras de lucha, enemigas, víctimas y victimarias...Y al final de los días, cuando ya no seamos nada más que cimientos, cuando entrelacemos nuestras manos, yo le dije que mi último suspiro lo usaré para morderme la boca y que se desangre con llagas de tanto anhelo cuando pronuncie: Venezuela...




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